El año pasado, Lo que mueve a los muertos fue una de mis novelas favoritas. Así que, en cuanto tuve la oportunidad, no dudé en empezar su secuela. En Lo que nos devora de noche, T. Kingfisher nos invita a volver junto a Alex Easton a Galacia, su tierra natal, solo para descubrir que en su hogar familiar reina el silencio, que el cuidador de sus tierras ha muerto y que los locales se niegan a explicar las causas, además de evitar acercarse a los terrenos. Nos encontramos ante un nuevo y extraño horror, en el que leyendas del folklore galaciano parecen cobrar vida.
«Si de verdad me encontraba en un cuento de hadas, era de esos en los que se comen a todo el mundo y la moraleja es que no hay que desviarse del camino, y no de esos otros, más sentimentales, que terminan con una boda y las palabras: “Y, si no han muerto, allí viven todavía”».
En esta nueva novela corta, regresamos junto a Alex Easton a Galacia, ya que su amiga la señorita Potter, la micóloga más destacada de Gran Bretaña, a la que también conocimos en Lo que mueve a los muertos, desea estudiar los hongos de la tierra natal de la protagonista antes de que llegue el invierno. Retornar a su hogar familiar después de pasar tantos años en la guerra y viviendo en el extranjero podría ser incómodo, pero soportable. Sin embargo, cuando la protagonista llega a la cabaña de caza donde pasó gran parte de su infancia, está completamente vacía.





